
1.6.11
El vodka y vosotros, que me habéis traído hasta aquí

31.5.11
Los otros sitios (sin ti)

Quién eres tú,
si vengo todos los días
de otro sitio
viviendo impreciso
un mundo en que no estoy,
que es condena e ilumina
lo que tú ni conoces.
Y quién eres tú
en mis pensamientos,
esos que te ven cruzar mi puerta,
subir hasta el cuarto,
responder mis deseos,
desear mis labios.
Quién eres tú
en esos sitios míos,
tan otros y tan distintos,
en los que tus caderas
son mi vida
que entera se apaga.
Y dime quién eres tú
en la cama y en las prisas.
En las tardes
en que no me conoces,
en las veces que te he dado
mi amor
a la salida de tu horario,
sin tú tocarme
ni saberlo.
Y quién eres tú
en mi búsqueda truncada
por los otros sitios.
Quién eres tú
en esos sitios,
tan otros, tan oscuros.
Dime quién eres después,
tú que nunca has buscado
en esta puesta sin sol
mis sombras entre los rayos.
2011
17.5.11
Los otros sitios
Vengo todos los días de otro sitio, a veces a este parecido,
en el que mis pasos te convierten en mi opción y mi obsesión.
En el que nos creo durante un camino inventado
dibujándote cerca en lo que sueño presente.
Añorándote débil en lo que me despierta pasado.
Vengo todos los días de otro sitio, a veces a este tan distinto,
pero nunca te encuentro ni mis huellas me devuelven
después
a lo que allí yo imagino.
Y tú nunca vienes a buscarme allí,
a los otros sitios de donde vengo por ti.
© Pedro Letai
2011
11.5.11
Escondite

Tu escondite es mi tapadera
y mi suerte,
mi lugar.
Tu olor hoy me despierta
y me recuerda a nosotros,
ayer noche tú y yo.
En tus caderas y tu gesto
encuentro mi escondite
y en tu cuerpo de amor mi razón,
mi límite con labios
de muerte.
Con esas llego
a mi vida de ahora,
desbordado de sentimientos.
Con esas me marcharé
mañana borroso,
guardando mi corazón
bajo el escondite de siempre,
mi temor.
Mis enamoramientos.
© Pedro Letai
2011
29.4.11
Maneras de decir tiempo (Es raro porque ayer te recordaba)

Un caso sencillo,
un camino,
un jardín,
un poema.
Un cigarro y las palabras.
Y tú,
tu mirada.
Un caso sencillo,
doce cervezas más tarde,
es una isla desierta
de la que no puedes huir
porque solo tú
te persigues.
Y si nadie más te persigue
no hay lugar a donde puedas huir.
Un camino,
diez años después,
es una carretera alumbrada
y sin corazón.
Azul, inmensa,
atroz, enjaulada.
Gritona, idiota.
Un jardín
de palomas y rosas blancas
es ahora un extremo concreto
de mi barrio vendido
al desaliento y al comercio.
Al bebercio y al negociado.
Y un poema,
entonces vómito de amor adolescente.
Luego un folio adulto
y frío como el infierno
más caliente.
Caliente como el cigarro,
que en el olvido
es ceniza
de lo que una noche
sentí que te dije
y ya no recuerdo.
Las palabras,
siempre las palabras,
que ya no son las de los dieciséis
ni son perfectas
ni nupciales.
Que ya no caben
en los huecos.
Que ya no besan
en los portales.
Y tú, y todos nosotros
que hemos perdido ya el brillo.
Muchas tormentas,
tantos asuntos personales.
Tanto cansancio,
tanta carretera, tantas ciudades.
Tanto que ni recordar tu cara
es hoy ya un caso sencillo.
© Pedro Letai
2011
11.4.11
Marketing para inmaduros

“El que vale vale y el que no, a Derecho”. E inmediatamente después mi madre a mis diecisiete pidiéndome que fuera al Rectorado de la Complutense a buscar información. Vi una peli de Tom Cruise y unos billetes salir de una cartera en un restaurante y decidí que iba a ser abogado. Los que llevaban corbata para mi eran abogados. La Complutense porque estaba más cerca de casa, aunque después un profesor amigo de la familia dijo que mejor la Autónoma. Pues a la Autónoma y te coges el tren. También decidió aquel profesor que yo iba a ser su yerno y me mandó a su hija la pequeña para que me asaltara en mi coche una madrugada cuando ya la dejaba en casa. Me contó que tenían una casa en la Sierra y que su madre cocinaba fenomenal. “Ya la conocerás”, me dijo, y ahí me acojoné. Tuve que desaparecer, tenía práctica, y no la vi hasta pasados unos años. La encontré una noche cualquiera y no me saludó, dolida. La siguiente vez que la vi sí que me saludó porque al parecer era amiga de la que por aquel entonces era mi prometida. Hoy no creo que me saludaran ninguna de las dos.
Así que un tren y muchas partidas de mus en la Facultad y mucho tiempo de no hacer nada. Ya nunca escribes, ya no vas al estadio, ya no te escapas a Euskadi en vacaciones. Y así cinco años, con el Romano a cuestas hasta tercero. Y un poco lo de siempre, dejarse barba, beber en vasos de plástico, ponerle pegatinas al coche, salir con alguna chica popular, marear la perdiz, afeitarte y ponerte a currar. Tuve un despacho para mi solo, con corbata y con una secretaria que me llamaba de usted cuando yo acababa de cumplir los veintitrés y todo el día gente mayor me decía lo que tenía que hacer. Un alivio. Después me despidieron. Otro alivio.
Pasó así un tiempo, después el engaño aquel del matrimonio y el despacho de abogados prestigioso. Y después la nada. Traté de rehacerme pedacito a pedacito y esquivar algunos delirios autodestructivos que me dieron aquí y allá, pero la vida del adulto inmaduro es muy difícil. Es muy duro saber qué hacer cuando, después de tanto tiempo, nadie te dice qué es lo que debes hacer.
Y lo demás pues más de lo de siempre. Tratar de sobrevivir a la ciudad y si eres republicano eres un rojo y si no un facha. Y el sábado no podemos cenar porque viene el Barça al Bernabéu. Y si quieres fumar salte a la calle. No, no sé quién es pero tuvimos sexo por chat porque somos amigos Facebook. Y los niños fines de semanas alternos y las vacaciones por mitad. Y en el cine las pelis en español. Y si tu chica se va de juerga con sus amigas haz lo mismo tú con los tuyos, que allí no pintas nada. Y cada día una guerra en el desayuno. Y los que llevan corbata siguen siendo abogados y el que vale vale y el que no, a Derecho. Y si no sabes qué decir, llama a los de marketing y ellos te dicen.
¿Y así, a parte de veranear en agosto y discutir con la familia en Nochebuena, cómo maduramos los inmaduros?
© Pedro Letai
2011
4.4.11
A ti que todos te llaman alcohol

A ti, a ti que todos te llaman alcohol te debo hace tiempo una copa que te debería romper en la cara.
A ti que tanta muerte y tanta lágrima siembras sin que nadie te eche la culpa. Y tanta a mi lado.
A ti que tanto te temo y que por eso te abandono y luego regreso y ahora te he dejado. A ti, lo sé, que me la tienes guardada para cuando menos me lo espere volver a darme el palo.
Tú, que me has hecho nocturno, mujeriego, impotente, pendenciero, golfo, faltón, guaja, vacilón, prepotente, violento, melancólico, llorón, insomne, perdedor.
Tú que me has vestido de mil personajes.
Tú que sin tener rostro siempre has estado invitado.
Tú que me has hecho tatuarme un tobillo, perder la cabeza, escribir de madrugada, olvidar por la mañana y pasar vergüenza en la resaca. Tú que me has regalado un mal cuerpo que pedía a gritos chupar banquillo.
A ti que ahora te disfrazas en los ojos de otros y me miras furioso y en sus bocas me detestas.
Tú que siempre apareces para arruinar mi fiesta.
A ti que ahora que te cierro mi puerta porque ya solo quiero hablar de amor no te basta y sigues siendo la excusa perfecta cuando vuelve a asomar el dolor.
A ti, tan poderoso y líquido como el miedo.
A ti, miedo al que todos los cobardes llamamos alcohol.
© Pedro Letai
2011
