6.11.10

Sube la marea


No te quería despertar esta mañana, porque estabas tan guapa que me habría pasado horas mirándote y deleitándome.


No te quería despertar esta mañana, porque estabas tan guapa que me habría pasado horas mirándote


No te quería despertar esta mañana, porque estabas tan guapa


No te quería despertar esta mañana


No te quería


No

© Pedro Letai

2010

5.11.10

En una barra cualquiera


Desde algún sitio,

sin origen tocable,

apareces y ya no eres foto

y eres sonrisa

y una noche en la frontera.

De tu vida y de la mía

y de los demás,

siempre tan peligrosos

y siempre tan cerca.


Y te veo desde mi rincón,

un hueco en la soledad,

y te hablo y te cuento

y te beso en secreto.


El rumbo de los días

nos regala un amanecer

y has de volver.

A tu vida, a tus cosas

y tus sueños.

Al sol.

Y yo a lo mío

y a la sombra

y la tristeza,

mi rumbo,

mi corazón.


Desde algún sitio,

cuando vuelva noviembre,

recuérdame

y hazte ver

y suéltate el pelo

otra vez.


Cuando vuelva noviembre,

desde algún sitio,

recuérdame

y sonríe y vuelve a aparecer.

© Pedro Letai

2010

3.11.10

Última tarde con Itziar


Las fotos se velaron

y entonces no desvelaron

de qué color era nuestro amor

y dónde dormirá anidado

y si nos espera

o era un final declarado

aquella muerte en diciembre.

No desvelaban nada,

siquiera lo más inquietante,

tu preciosa mirada.


Para ponernos nombre

buscamos una historia

llena de pasión

y de coches vertiginosos

y de canciones

en nuestros labios

para los tiempos difíciles

y los atardeceres hermosos.


Tuvimos un banco,

como buenos enamorados,

y soñamos con atracar

el de al lado,

porque la nostalgia

a veces cambia de sitio

y no avisa

y el entendimiento se vuelve

duro, impreciso.

Y sufrimos un poco

los sentimentales,

porque es difícil

sentirse pasajero

cuando sólo pensarte

es todo él un te quiero.


Y te recuerdo

como si el estreno

hubiera sido mañana.

Te recuerdo en aquel

nuestro primer invierno

en medio de un frío de espanto,

con los besos morados

y las manos anunciando

que el próximo paseo

sería en solitario.

Eran las cinco menos veinte

en la melancolía

de lo que tuvimos y se nos iba.

Era tu pelo de princesa

triste y deshabitada

entre mis dedos de preso

condenado a tener que huir.

Era nuestra ciudad tan íntima.

Era nuestra tarde última,

tan nuestra,

tan última.

© Pedro Letai

2010

1.11.10

No amanece (y el sexo)


Medianoche, ayer. Vivimos en un constante cambio de planes, pero girando en torno a lo mismo siempre. Mi chica me ha dejado, las fotos del Facebook, un polvo fácil, su calle, las lágrimas, los errores, hablar de tías como si fueran mercancía tarada, su imagen en cualquier parte, Internet, su voz, los domingos por la tarde, los cines el domingo por la tarde, las bromas fáciles, Los Secretos el domingo por la tarde, Messi, los mensajes al móvil. Y el sexo. Poco más.


Sin querer vas haciendo daño aquí y allá, a ti y a los demás. Y te vas haciendo mayor sin madurarlo ni tampoco merecerlo. Y luego está la oscuridad, llenar la nevera, la soledad, que no te roben la moto, drogarse o no, mantener el tipo, no perder las gafas de sol, la familia y el dolor, siempre planeando por ahí. Y el sexo.


Así que un sábado cualquiera sigues atrapado en torno a todas esas cosas, sin poder escapar. Perdido en tu vida llamas a un amigo, haces un plan, te bebes algo fuerte, tratas de ligar con chicas fáciles, los trucos de siempre, olvidas por un rato a aquella chica, los días duros, comes algo, te preparas para lo que pueda venir el domingo, mandas un mensaje, cambias el paso, una ex novia chalada, cambias otra vez, vuelves a acordarte de ella, seis llamadas perdidas, se derrumba tu castillo en el aire y, como en los casinos al perder la última jugada, de repente se acaba la noche. Y aún no amanece. Quizá te quede tiempo para un sándwich de gasolinera y los discos de antes. O quizá mandes un último mensaje de móvil buscando la contestación que nunca llega. Y el sexo.


Y a veces acabas durmiendo en casa de una rubia impresionante que es mucho más que una rubia impresionante. Y aún no amanece. Su sonrisa en mis labios y, en la pared de su habitación, una foto de Paz Vega cuando era Lucía. Y el sexo.

© Pedro Letai

2010

30.10.10

Después de llover


Mi chica era la bailarina estrella de todo aquello. Sin embargo, por las noches no era más que una débil melodía. Y ahí, en su debilidad, residía mi cura, mi estabilidad mientras ella se hacía cada vez más daño y se hundía en un pozo del que nunca logré rescatarla.


Me acordé de ella hace poco, una noche en casa de un amigo entre chupitos de ron mientras vigilaba de reojo la falda de una morena con pinta de neurótica y el pelo demasiado recogido, tirante. La amiga de la morena hizo un comentario de mal gusto sobre las drogas y, mientras los demás le rieron la gracia, me acordé.


Esa noche estuvimos hablando de jazz y de los garitos de antes y de literatura americana y de cosas para impresionar a las que nos visitaban. Pero yo ya no impresionaba a nadie ni me impresionaba por casi nada. Y fuera llovía a cántaros mientras Miles no fallaba ni una nota.


Me reservé, como siempre, el placer de decir que no al final de la noche, esta vez a la morena neurótica, y me fui andando a casa. En el camino fue cuando me volví a acordar de ella y casi diría que me invadió la tristeza. Después de tantos años.


Me acordé también de 1967, de aquel aeropuerto y de sus pecas pintando su cuerpo desnudo, mi más bella escultura, mi mejor coartada.


Me acordé de muchas cosas aquella noche, después de llover.

© Pedro Letai

2010

28.10.10

Un acorde de ti


En los días de lluvia

me da por pensar

que tu cuerpo

al final fue conquista

pese a lo que vino después.

Me imagino

arañando tu piel

en un balcón

de luz distinta

y escucho una melodía

que es tu piel

y es tu boca

y al final es demasiadas cosas

que no puedo soportar.


La soledad ha llegado

de nuevo

y la ceniza se queda fría,

como todos nosotros,

en noviembre

y en el escalofrío

que disfraza la ciudad

y que me hace cómplice, diario

de lo nuestro

y de invitarte a un cine vacío,

de desnudarme en tu magia

y de decretar oficial esta nostalgia.


Duelen las aceras,

los cristales, los portales.

Cuando se ha estado en el paraíso

duelen hasta las mujeres

y su acento y sus postales.

Se siente desmedida la realidad,

borrosa la gravedad

e inabarcable el desconcierto.

Los recuerdos son

color confuso

cuando en ninguno de mis pasos,

en ninguno,

te busco ni te siento

ni me oriento.


Sospecho sin embargo

que tristeza y hermosura,

tu rostro y el mío,

nuestra partitura,

aún me guardan una sorpresa

en un cruce fugaz de Madrid.

Sé que aquella canción

murió incompleta.

Aún me falta por sentir,

al borde de mi acantilado,

un acorde más de ti.


Después del acorde,

entonces sí,

el acantilado y el mar y la nada,

lejos de ti.


Pero aquello, el mar,

será mañana.

Ahora, un acorde de ti.

Uno más bajo la lluvia

que luego es mar y es nada.

Y que el mar sea mañana.

© Pedro Letai

2010

23.10.10

Traficando dolor


Si todo es mentira en la vida qué más da. Tengo un amigo, buen amigo, que se dedica a fabricar y vender cartón. Cajitas, como dice él, mientras sube la ventanilla de su Porsche descapotable y se aleja con el juego del doble embrague. Cajitas, sí, pero bastantes, pienso yo.


Y llego a mi casa a las 5,30 de la mañana y se me ocurre abrir el buzón de una vez, porque la última vez que lo hice fue hace casi dos meses y está a punto de reventar. Tiro casi todo lo que me voy encontrando, las cartas del banco, las del gas, las de la abogada de mi ex, las del agua, las del anterior inquilino… Y encuentro una postal. Una postal de una isla griega, Meteora.


‘Se llega más lejos cuando no se sabe muy bien a dónde se va. Lo acabo de leer y me hizo pensar en ti’.


Subo a casa y entonces me pongo a llorar como un niño en la mesa del estudio mientras me hago polvo pinchándome agujas con fotos y canciones tristes antes de irme a la cama. Algo que, por otro lado, se ha convertido en una costumbre. Un derrumbe placentero, anestesiante. Pienso en ella y en aquel verano que compartimos, y en tantas risas, tantas buenas sensaciones. Se llega más lejos cuando no se sabe muy bien a dónde se va. Como nosotros, que no sabíamos bien. Y sí, quizá habríamos llegado muy muy lejos, como desde donde ella me envía esa postal.


El problema es que yo sí sabía a dónde iba yo. A mi sitio favorito. A la mierda. A la incapacidad de que me quieran y a la imposibilidad de ser feliz, de enterrar mis fantasmas y de desprenderme del pasado y de ese papel de triste y solitario que un día se escribió pero que se quedó tan dentro mío que ya soy yo.


Veo en esa foto de cartón escrito el reflejo de mi soledad y de mis oportunidades perdidas. Cartón. Como el que recubre los vinilos que yo buscaba y compraba con amor y que un día me robaron a traición. Como el de las cajas de mudanza cuando aquella chica se tuvo que ir con su vida partida por la mitad porque yo decidí que en lo que me quedaba de película iba a ser infeliz. Siempre el cartón jugueteando con el dolor que me rodea.


Guardo la postal en la libreta donde apunto mis cosas y me voy a dormir pensando en ese peligroso juego. Mañana cuando vea a mi amigo le diré que lo que él fabrica y vende no es cartón. Es dolor del puro y del duro. Le pediré que me venda un poco más, por qué no. Las adicciones son así. Y qué hay más canalla que tener un camello que va en Porsche descapotable.


Ayer quedó a cenar con una viuda, me cuenta. Y la besó en la boca. Cuidado con eso, le prevengo. Acabarás rompiéndole la falda. Después, el corazón.


Y ella, herida, recaerá y volverá a fumar. Un cartón. Tras otro.


Y mi amigo lo celebrará con un Ford Mustang, también descapotable.


Y a mi me escribirán otra postal sin reproches y con infinita suavidad, sobre un cartón pintado que dibujará otra vez mi cruda realidad. Ésa que ya no se puede rebobinar.


Si todo en la vida es mentira qué más da. Pero aquella chica y su extraña sonrisa y la postal, el cartón, eran verdad.

© Pedro Letai

2010