
Por la mañana
recuerdo el sueño de anoche:
Norman Mailer
no tenía orejas
y yo corría y corría,
pero al despertarme
todo está donde lo dejamos
y la escena me trae
la penúltima lucha.
La luz del sol prendida
en las paredes
del salón
y nuestros cadáveres
tramando su cura
bajo sábanas que cubren
un solo cuerpo.
Extraño hace días esa lluvia
que te hacía leerme
en el sofá.
-Si un día de lluvia
te hace leer mis libros,
-te dije al conocerte-
entonces te deseo una tormenta
larga y hermosa.
A mediodía siento
que todos sabemos el nombre
de aquellos que nos delatarían
en una guerra;
el lugar que ocuparíamos
si el mundo se dividiese
entre oficiales
y soldados.
Yo solo quiero estar contigo,
pensar en ti
en cada batalla,
como Javier Marías.
Por la tarde escribo
que cada vez hay menos fronteras,
o eso dicen.
Pero son más altos los muros,
o eso pienso yo.
Luego tu WhatsApp,
un crochet de izquierda:
“Hoy no nos veremos,
quizás mañana.
Quizás siempre.”
Te llamo y me cuelgas.
Hoy no nos veremos,
quizás mañana.
Quizás siempre.
No he necesitado noches de cárcel
para tramar enormes venganzas
por insultos menores,
así que al reflejo de la luna
contraataco con un SMS
que pretende ser
la imitación verosímil
de una victoria:
“Dentro de este poema eres real,
fuera solo eres tinta.
Si yo te llamo existes
como el océano al fondo,
como el rugido del tigre.
Si cuelgas no eres más
que un número vacío.”
Y puedo sentir
ya de madrugada
tu sonrisa desenfocada
entre cervezas extranjeras
al descubrirme en tu bolso.
Otro amanecer
para soñarte y volar,
y en pleno aleteo
besar en tus labios
el sabor de vuelta a casa
y de alegría.
Llegará otro día
y más mensajes.
Porque quererte
es también pelear
cada metro
de lo nuestro.
Porque quererte
es también
inventarte cada día.
© Pedro Letai
2012
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