
Cuando la conocí lo primero que pensé es que debía de ser la chica de alguien, porque era maravillosa. Resultó que no, que estaba sola en la ciudad y que además venía de pasarlo bastante mal, como todos. Nos hicimos algo parecido a amigos, sin ocultarnos una enorme y mutua atracción, compartimos muchas risas y alguna lágrima al pasado y acabamos haciendo el amor un fin de semana entero de un mes de mayo. Yo la llegué a querer mucho y habría hecho cualquier cosa por ella. Envolver con cuidado un amanecer y regalárselo, dibujarle mi corazón en su ventana, lo que fuera. Pero un día, un otoño, desapareció. Y no volví a saber de ella. Hasta anoche.
Con el tiempo acabé convenciéndome de que había sido mejor así. Fue un dolor seco y que se metía por los huesos, pero era un dolor franco, un dolor absoluto. Sin vuelta atrás. Un dolor que te miraba a la cara. Y me gustó que así fuera.
Cuando ayer la vi, en el asiento 7 de la fila 7, pensé exactamente lo mismo de aquella vez, porque me pareció igual de maravillosa. Sólo que esta vez acerté y al mirarla dos segundos comprendí que, ahora sí, se había convertido en la chica de alguien. Y yo en nadie.
© Pedro Letai
2010
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